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martes, 11 de marzo de 2014

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos...

Beltrán Castell. Jerez vivió en la tarde-noche de ayer un nuevo encuentro con la piedad popular que cada primer lunes de Cuaresma desemboca en el Vía Crucis de las hermandades, presidido en esta edición por la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Fue al filo de las seis y media de la tarde cuando la cruz de guía de la cofradía hizo acto de presencia en nuestras calles, acompañada de un amplio cortejo portando los faroles que cada Madrugada Santa alumbran el discurrir silente de las hermanas de Jesús. Y allí estaban ellos, nuestros mayores, los que nos han inculcado todos y cada uno de los valores de la vida y que la hermandad quiso que presidieran la salida del Nazareno de Cristina, que estuvo portado en ese momento por las hermanas de la corporación sobre las andas de San Juan.

Y de allí al Alcázar, por eso del 750 aniversario de la recristianización de la ciudad, en un continuo ir y venir de personas que se acercaron para portar por un instante, por un momento, por un suspiro, la imagen del Señor con la cruz de carey a cuestas, que estuvo acompañado musicalmente por la Coral San Pedro Nolasco y por un trío de capilla musical.

Ya en el Alcázar, las catorce cruces de catorce de nuestras hermandades aguardaban en el Patio de Armas la llegada de Jesús Nazareno y el rezo de las catorce estaciones de la pasión de Cristo, en un entorno privilegiado que supo dar la mano a tantos siglos de historia que alberga la memoria de Jerez. Aquí fue la Coral Catedralicia la que, con sus voces, otorgó más solemnidad si cabe a tan piadoso acto.

Posteriormente, por deseo de nuestro obispo, la reflexión final se realizó en la Santa Iglesia Catedral, finalizando así un acto entrañable que nos regala cada Cuaresma jerezana.

Y de la Catedral a Cristina, en un traslado ya con menos público y con más frío, que llevó a Jesús Nazareno a su capilla de San Juan de Letrán en torno a la medianoche, dejando atrás una tarde en la que el público, las saetas, el silencio, el golpe de horquilla sobre los adoquines y los aromas embriagadores de incienso acompañaron en todo momento el discurrir de Nuestro Padre Jesús Nazareno por las calles de Jerez.

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