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lunes, 24 de octubre de 2011

Perico Pérez, un presidente para ‘cangrejeros’ y hermanos mayores

Francisco C. Aleu. Qué poco se habla ya del Tercer Milenio y de los retos que las cofradías tendrían que asumir en el inicio de esta nueva era. Como si acaso un milenio pudiera despacharse con cuatro conferencias y una procesión magna. Qué poco se habla siquiera del papel que el destino encomienda a las hermandades en este siglo, el XXI, que apenas acaba de comenzar. Qué poco interés en descubrir cuál es nuestro camino.

La historia de las cofradías se escribe con nombres propios, que van dando forma y carácter a unos entes empeñados en sobrevivir a todas las generaciones. El pasado tiene nombres y apellidos. Sobre las paredes del salón de la sede de la Unión de Hermandades cuelgan algunos de ellos, aunque en cualquier caso no son todos los que están, ni mucho menos están todos los que son. Allí está Lete Reimóndez, que abanderó la primera modernización de las cofradías en plena transición política y que años después se convirtió en presidente del Consejo.

Lete fue estandarte de la generación que rompió con un pasado de mecenazgo y caudillismo. Fue valiente y atrevido. Tambaleó las estructuras de unas hermandades que no habían encontrado aún su sitio en la cambiante sociedad de los primeros ochenta. Años después de que expirara su mandato el Consejo que él presidiera, las cofradías necesitaban de un nuevo impulso que las encajara en el complejo entramado social que caracteriza al tiempo actual.

Lógico era pensar que fuera Pedro Pérez el encargado de ponerse al frente de la tarea, porque el ya presidente electo del Consejo había asumido el rol del Lete de principios de los ochenta una década después abanderando a una juventud tan atrevida o más que la suya. La generación de Perico -como antes la de Lete- estaba llamada a gobernar algún día las hermandades. Y ese día ha llegado. Por mucho que algunos no hayan querido entenderlo y piensen todavía que hubiera sido mejor dejar las cosas tal y como estaban, aunque no estuvieran bien.

No sé si Pedro Pérez será mejor o peor presidente. Sí estoy convencido de que este no era sólo su momento, sino el de toda una generación. Si las hermandades han sido capaces de sobrevivir al paso del tiempo es gracias a su capacidad para adaptarse a las circunstancias de cada momento. El nuevo Consejo tiene ante sí el complejo reto de reponer la imagen pública de las cofradías, muy deteriorada en estos últimos años como consecuencia de la altanería de quienes nunca supieron entender cuál era su papel.


Un ‘torta’ metido a presidente


Pedro Pérez no es perfecto y, probablemente, pueda tener defectos. Ahora bien, el nuevo presidente no ansía el poder ni conoce la envidia; no fomenta la división ni predica el engaño. No entiende la hermandad como un lugar de desencuentros y litigios permanentes.

Pero si existe un rasgo que le diferencie de anteriores presidentes, es que se trata de un auténtico apasionado de las cofradías. A Pedro Pérez se le plantean a partir de ahora una serie de problemas que muchos de los que han ocupado el sitio que ahora le pertenece jamás entenderían. No sé yo si Perico es ya consciente de que el próximo Domingo de Ramos va a tener que sentarse en una presidencia en lugar de ir corriendo de un sitio para otro buscando a las cofradías. De que cuando a las nubes les de por organizar una jugarreta tendrá que estar delante de un teléfono en lugar de en la puerta de los templos. De que el Domingo de Pasión no podrá salir corriendo de Villamarta para ver al Señor del Prendimiento o la Esperanza de la Yedra.

Quizá más de un expresidente no adivine siquiera cuáles son esos problemas, por mucho que posiblemente a Pedro Pérez le quiten más el sueño que cuestiones tan trascendentales como el almuerzo del Pregón o el de la Feria.

Perico no es un burócrata de las cofradías, es un torta de las cofradías. Y quienes van a acompañarle en su equipo de trabajo también. En el nuevo Consejo no hay paracaidistas que aterricen en el mundo de las hermandades sin un currículo previo de cangrejeros de la Semana Santa. Es posible que los nuevos consejeros no conozcan “cómo se maneja” un pleno de hermanos mayores, pero sí saben que para montar una alfombra de flores en la calle Larga o el barrio de Santiago no hace falta chaqué.

Escribí no hace mucho tiempo que en las elecciones al Consejo eran los hermanos mayores -y sólo ellos- quienes asumían la responsabilidad de elegir al presidente, a su presidente, por cuanto la voluntad del resto de los cofrades no tenía por qué ser considerada y ni siquiera estaba garantizado que en la votación última se respetara la voluntad -en caso de existir- de las respectivas juntas de gobierno. Mantengo la idea de que estamos ante un pleno de presidentes que a su vez elige a una persona que lo preside.

La diferencia en este proceso es que la voluntad de los hermanos mayores se ha correspondido con el deseo mayoritario de los cofrades de a pie y quizá también de quienes simplemente sienten cierto apego por las tradiciones jerezanas. Pedro Pérez no es el presidente de los ricos, es el presidente de la calle. Y también, de paso, del pleno de hermanos mayores. Parece que es lo mismo, pero no lo es.

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