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viernes, 27 de marzo de 2009

Pequeño cuento de homenaje a Soria 9

Enrique Víctor de Mora Quirós. Érase una vez, hace ya muchos años, un día en el que marzo adelantaba primaveras en los brotes y renuevos de las desnudas ramas de los árboles, y ponía colores de pureza en los rostros de las muchachas en flor. Un día en el que ya empezaban a oler los naranjos por Corredera o la barriada de Pío XII, y sonaban marchas antiguas en las noches de la COPE, entre trasiegos callados de cocinas donde alguna madre se afanaba con las primeras torrijas. Era un día plácido y sosegado, cuando la luz se atrasaba por los tejados de las bodegas, como una Cofradía apurada de tiempo por el Palquillo Oficial de la Primavera. Era aquél día en el que, por esa Avenida que lleva el nombre de un alcalde que rejoneó toros bravos para construir el Oratorio Festivo, el Convento Capuchino se ponía de gala para recibir a los soldados de España, que un año mas venían a estrenar ilusiones y sones de marchas de toda la vida, a las órdenes de un Comandante que mas que dirigir parecía que llevaba la música dentro de sus manos, y la lanzaba al auditorio en cada movimiento de batuta.

Aquella noche, en el Convento, un niño había conseguido su sueño de ir a escuchar a Soria 9 de la mano de su madre, de esa madre que todos los años lo llevaba a ver las cofradías a la Rotonda de los Casinos, desde los escalones del bebeuve que a él le parecían el mejor palco del mundo. Aquella madre que procuraba cumplir sus sueños de Semana Santa como podía, y le escuchaba cuando le prometía que algún día sería costalero de aquellos pasos. Ese niño, estaba ahora en el escenario de sus sueños, escuchando absorto y emocionado las notas de esas marchas que alegraban sus tardes de juegos por el corredor de su casa, primorosamente interpretadas por una Banda que lo tenía completamente transportado. Sonaban los acordes de Valle y Amarguras, de Estrella Sublime y Vírgen de los Estudiantes- Gaudeamus de la Pureza por la Fábrica de Tabacos-, y el publico rubricaba notarialmente cada final con la dación de fe de su aplauso incontenible. Pasaban los minutos, y aquel chaval pedía al Cristo de la Defensión que aquello no terminara nunca, porque estaba en la gloria.

Pero el concierto llegó a su fin. Con pena, constató como tras la última marcha del programa que le habían entregado al llegar, ya no había ninguna mas. Los últimos aplausos morían entre las palmas de las manos de los mas entusiastas y el Director esbozaba lo que parecía ser el último gesto de agradecimiento.

Y entonces ocurrió. El Comandante pidió silencio y se dirigió al público. No lo escuchó bien, pero tras dar las gracias dijo algo de otra marcha, y algo de militar, y el público volvió a aplaudir. El niño, inquieto y expectante miró a su madre que le sonrió con un gesto de complicidad y le hizo un gesto como indicándole que estuviera igual de atento a lo que sonara. De pronto, a un golpe de batuta, Soria 9 comenzó a desgranar una marcha un tanto distinta y mas ligera, que sonaba a música de desfile. Y los soldados que formaban el compañamiento de tambores y cornetas comenzaron a cantar con toda la fuerza de sus pulmones una letra que a aquel niño le sonaba lejana y profunda en los rincones de su memoria. La letra de "Banderita":

Allá por tierra de moros,
allá por tierra africana,
un soldadito español,
de esta manera cantaba...

Y fue, que entre aquellas estrofas, con aquella música y en aquél ambiente, una emoción profunda y descomunal se agarró a la garganta de aquel chaval, y le puso un nudo de lágrimas en sus ojos. Sintió algo desconocido en su corazón, una palpitación extraña y sublime que le decía que aquello era algo grande, muy grande. Miró a su madre como buscando auxilio y se dio cuenta que a ella le podía estar pasando algo similar, porque se le saltaban las lágrimas. Buscó a su alrededor y comprendió por los gestos de quienes le rodeaban que todos podían estar viviendo en aquellos instantes una emoción parecida a la suya.

Como el vino de Jerez
y el vinillo de Rioja,
son los colores que tiene,
la banderita española...

¿Qué era aquella fuerza que le empujaba el pecho, como cuando corría en el colegio en un partido de fútbol? ¿Porqué aquellas lágrimas que pugnaban por la libertad tras sus ojos, si él estaba viviendo una de sus tardes mas felices? y, sobre todo, ¿Qué le pesaba también a todos los que estaban allí, en el concierto del Soria 9?

Banderita tu eres roja,
banderita tu eres gualda,
llevas sangre, llevas oro,
en el fondo de tu alma...

A su lado, un hombre bajito y algo canoso, se levantó de su asiento impulsado por una fuerza desconocida y comenzó a aplaudir. Muchos le siguieron. Capuchinos entero de pie aplaudía los sones de aquella marcha mientras los soldados repetían aquella estrofa final que sonaba heróica y funeral:

¡El día que yo me muera,
si estoy lejos de mi patria,
sólo quiero que me cubran
con la Bandera de ESPAÑA!

La ovación cortó el aliento. La gente se había vuelto loca. Lloraban, reían, decían olé, aplaudían hasta reventarse las manos. El niño, envuelto en aquel ambiente, se sintió distinto y nuevo. Buscó con su mirada rapidamente y vio al fondo una bandera. La bandera con aquellos colores de los que hablaba la marcha, esa bandera que era la suya, la de todos. Por primera vez en su vida sintió orgullo y pasión por aquella bandera, y la miró distinta, con reverencia, con amor, con respeto y con hombría.A trancas y barrancas se fue abriendo en su mente el pensamiento de que él formaba también parte de todo lo que aquellos colores representaban, y le vinieron a la memoria recuerdos de su corto ayer: recuerdos de su padre cuando le contaba las gestas de los españoles en el mundo, de su madre cuando le hablaba de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, del 2 de mayo y de otros tantos momentos de la historia larga, brava y singular de aquel pueblo que la bandera representaba.

Y es que aquella tarde en la que marzo adelantaba primaveras y Semana Santa, aquel niño sintió por vez primera el inmenso orgullo de SER ESPAÑOL. Y recordó aquella frase de un Grande de España que, ante su muerte inminente, sólo le pedía a Dios decorosa conformidad: SER ESPAÑOL, ES UNA DE LAS POCAS COSAS SERIAS QUE SE PUEDEN SER EN EL MUNDO.

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