Rodrigo Báez Atienza. Era Manolo un hombre serio, demasiado serio como para vivir en este mundo, demasiado íntegro en lo humano como para estar aquí. Todo para él tenía un toque de tragedia, era demasiado exigente consigo mismo, con su obra, con su trabajo y con sus amigos, buscando siempre la belleza y la perfección en todo lo que le rodeaba.
Su concepto estético de la vida estaba enmarcado por el orden de las formas y el volumen. No podía entender que también existiera lo plano, lo vulgar y lo inútil. Las personas, por lo general, somos imperfectos, y en esta imperfección reside lo mas sagrado de nuestra existencia, de nuestras ilusiones, de nuestros esfuerzos y nuestros deseos. No podía entender que en los errores está la posibilidad maravillosa de corregir, de aprender, de comprender y de evolucionar.
He leído un comentario, en un periódico de Jerez, sobre la figura del Manolo Prieto en los años 60-70, de las reuniones de su estudio en el "Rincón Esquina", y, pegado a las faldas de la Iglesia de San Mateo, de los personajes que frecuentaban ese estudio y de las ilusiones y afanes de aquellos tiempos, que para mí fueron vitales en el descubrimiento de las artes y en el hambre de pintar y crear al lado de Manolo Prieto.
Él me insertó el deseo de conocer, el deseo de trabajar, me formó en el conocimiento del dibujo y me introdujo en el mundo de la pintura, siendo decisivo en mi primera exposición y alentador en mi esperanza de hacerme pintor y amar la pintura.
Nunca fue un artista buscador de vanguardias creativas, sintiéndose más cómodo con lo tradicional, con lo que dominaba a la perfección, con lo “rancio”, pero, aún así, no rechazaba un trabajo de vanguardia si estaba bien ejecutado. Como profesional exigía siempre en el arte que la profesión estuviese unida a la creatividad.
Recuerdo un viaje a Madrid que, en el verano de 1970, hicimos con José Herrera en un citroen viejo e incómodo. En este viaje descubrimos la obra de Vicente Vela, el cuál exponía sus trabajos. Creo recordar, en la Fundación Juan March, una exposición que tanto a Manolo como a mí, nos cautivó. Cuando volvimos, en ese "Rincón" de San Mateo, nos pusimos a trabajar en el empeño de acercarnos al colorido de Vicente. Manolo rompió durante algún tiempo con sus colores grises y oscuros (existe una breve manifestación de esa época en el restaurante La Parra Vieja) y se liberó de su apesadumbrada forma de pintar, que, aunque estaba tremendamente influenciada por el trabajo de D. Manuel Romero, nunca consiguió el tratamiento colorístico que este maestro de la pintura aplicaba, y aunque los hiciera en estos años, desde luego no era nada “rancio” en su desarrollo.
Con sus gordas formas femeninas (por aquél tiempo no se sabía nada de Botero), con sus agrisados verdes, con su tristeza plástica, Manolo Prieto manifestaba su manera de entender su vida. Sus monstruos verdes formaban parte de la visión que tenía por entonces de su entorno. La pintura de Vicente Vela abrió una pequeña puerta en su concepción del color y las formas, y esto le ayudó a evadirse de su pesimismo vital.
Si “rancio” eran los trabajos de aquellos años en Jerez (eso solo lo puede decir quién desconozca absolutamente lo que se hacía en esta tierra por aquél entonces, y ya sabemos que la ignorancia es atrevida), rancia era también la obra de Manolo, ya que la base de su realización artística se asentaba en la imaginería clásica profundamente religiosa.
Su estudio, por aquella época, era centro de reunión y lugar de múltiples debates, unas veces sobre temas religiosos y otras sobre cuestiones existenciales y humanísticas, dado que de política se hablaba poco y bajito. En esas reuniones, siempre moderadas por Manolo, participábamos cantidad de amigos que nos sentíamos unidos a él y a sus inquietudes: Alfonso Doña, Juan Oca, Pepe Molina, Manuel González, Agustín Arévalo, Pepe García, Luís Gil, Paco Bejarano, José Pulido, Juan Loren, Juan Conde y, por último, se sumó a estas tardes de charla Pepe Marín, recién llegado a Jerez. A todos nos unía el deseo de que algo cambiara en nuestra sociedad, la ilusión de que con nuestro empeño lo conseguiríamos, pero el pasar de los años se encargó de que no fuera así. El nos alentaba con su personalidad y con su carácter.
Descansa en paz Manolo.
lunes, 28 de julio de 2008
En memoria de Manuel Prieto Fernández
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