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lunes, 18 de abril de 2011

Cuando la fugacidad es eterna

Francisco C. Aleu. Has tardado tanto que pensé por un momento que nunca llegarías. No sé si hubiera sido mejor mantener la espera a ver cómo un año más pasas por delante, diluyéndote como cirio que chorrea su cera sobre el empedrado de la ciudad intramuros. Me gustaría detener el reloj precisamente ahora que miles de almidonadas túnicas cuelgan de los rincones más altos de tantas y tantas casas, ahora que la fragancia de los claveles y las rosas se concentra en la penumbra de los templos. Pero sé que no es posible, porque en cuanto el primer nazareno ponga un pie en la calle al reencuentro de sí mismo empezarás de nuevo a marcharte en ese misterio que es tu eterna fugacidad.

Despiertas a una primavera bien entrada, como no habías encontrado desde hace ya muchos años. Quizá no te sorprenda nada de lo que veas. Todo te resultará tan cotidiano... Aquí estamos los de siempre. Quienes te esperamos con ansia y aquellos que nunca se molestaron siquiera en conocerte a pesar de que en estos últimos años has querido acercarte a barrios que nunca antes habían conocido la presencia de cortejos nazarenos. Aquí están los que salen en la foto y los que no. Aquellos que hablan y quienes siempre callan. Y aunque muchos no lo quieran reconocer, la ciudad necesita este año más que nunca de tu presencia. De la curiosidad infantil que quiere saber qué pasa bajo los faldones de un paso. Del disimulado rezo del descreído. Del reencuentro del anciano con el barrio donde vivió su adolescencia...

Has tardado tanto que pensé que nunca llegarías. Pero ni siquiera el capricho del calendario ha querido que faltes a la cita. En este año largo -no sabes cómo de largo- hemos hecho lo imposible por debatir los mismos asuntos de siempre para llegar a la conclusión de que era mejor no tocarte. Has querido, sin embargo, traernos al Señor de la Paz desde Fátima, e incluso a esa Virgen que es Refugio de los Pecadores y a cuyos varales está agarrada ya la ilusión de quienes tratamos de reencontrarnos contigo en cuanto el negro manto de la Piedad terminó de subir la calle que siempre llamaremos ‘de la Sangre’. No sé si hubiera sido mejor mantener la espera o ver cómo un año más pasas por delante sin que nadie pueda frenarte. 17 de abril, Domingo de Ramos. Bendita seas, Semana Santa. Sigue haciendo de tu eterna fugacidad el misterio más grande del mundo.

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